─¿Y esa mesa?
─¿Qué le sucede a esa mesa?
─Parece diferente a las demás.
─¡Ah! Es que nunca ha sido ocupada por nadie.
─¿Nunca?
─Nunca. Desde que abrimos este local nadie ha querido hacer uso de ella.
─¿Y eso por qué?
─Pues no lo sé. Supongo que como en todas las cosas. ¿Donde usted vive no hay siempre un piso donde nunca ha vivido nadie o que ha cambiado mil veces de ocupante?
─Pues... sí, ahora que lo dice es cierto.
─Pues con esa mesa sucede lo mismo. Aunque en ese caso se mantiene virgen e impertérrita. Nadie la quiere ocupar ni sentarse en sus sillas.
─¿Y por qué no la quitan?
─El jefe no quiere. Además, si se fija, quedaría un hueco muy feo.
─Pues la verdad es que sí... ¿Y qué ha sucedido en los días que ha habido lleno? ¿Tampoco...?
─Tampoco. Es más, la gente que suele hacer cola parece que no la ve.
─Pues mire que está bien céntrica.
─Es perfecta. Por un lado domina todo el perímetro del local y por otro pasa desapercibida y ofrece intimidad.
─Pues tiene razón.
─Lo que le digo, pero no hay tu tía... Y, ahora que lo pienso... ¿No le apetecería...?
─¿Qué?
─¿No le gustaría tener el honor de ser su primer ocupante?
─¿Yo? No, no gracias. Prefiero dejar las cosas como están. Además aquí estoy mucho más cómodo.
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miércoles, 14 de diciembre de 2011
viernes, 2 de diciembre de 2011
Mesa #10. Domingo 15/08/1993 20:46
─Tengo novio...
─¿Ah, sí? Qué bien, cuenta.
─Pero es en el plano astral. Aunque también lo conozco en persona. Es mi jefe.
─¿Qué? No entiendo...
─Sí, yo lo presiento en el plano astral. Me ama con locura y sufre mucho por mí. Llora y todo porque se siente impotente, ya que en el plano terrenal no puede hacer nada. Es que es muy fiel a su esposa.
─¿Cómo?
─Lo que sucede es que lo nuestro ya está cruzando fronteras y ahora, en este plano, está empezando a sentir algo por mí. El otro día alguien picó a la puerta de mi casa, me refiero al interfono. Sé que era él.
─¿Pero lo pudiste ver?
─No me dio tiempo pero era él. Puede ver un coche como el suyo cerca, aparcado, con alguien dentro. Bueno por lo menos era el mismo modelo y el mismo color.
─Me estas dejando entre asustada y anonadada.
─En el plano astral ya hemos hecho el amor. Muchas veces. Cuando llego a la oficina noto que hay algo extraño porque no me mira a los ojos. ¿Crees que es por vergüenza?
─No sé, chica...
─Yo creo que lo hace para disimular. A veces me sonríe. Lo hace de forma especial sobre todo cuando nos vamos todos para casa. Sé que es una señal. Lo hace para decirme que luego nos veremos en el plano astral y que seremos felices como nunca.
─¿Ah, sí? Qué bien, cuenta.
─Pero es en el plano astral. Aunque también lo conozco en persona. Es mi jefe.
─¿Qué? No entiendo...
─Sí, yo lo presiento en el plano astral. Me ama con locura y sufre mucho por mí. Llora y todo porque se siente impotente, ya que en el plano terrenal no puede hacer nada. Es que es muy fiel a su esposa.
─¿Cómo?
─Lo que sucede es que lo nuestro ya está cruzando fronteras y ahora, en este plano, está empezando a sentir algo por mí. El otro día alguien picó a la puerta de mi casa, me refiero al interfono. Sé que era él.
─¿Pero lo pudiste ver?
─No me dio tiempo pero era él. Puede ver un coche como el suyo cerca, aparcado, con alguien dentro. Bueno por lo menos era el mismo modelo y el mismo color.
─Me estas dejando entre asustada y anonadada.
─En el plano astral ya hemos hecho el amor. Muchas veces. Cuando llego a la oficina noto que hay algo extraño porque no me mira a los ojos. ¿Crees que es por vergüenza?
─No sé, chica...
─Yo creo que lo hace para disimular. A veces me sonríe. Lo hace de forma especial sobre todo cuando nos vamos todos para casa. Sé que es una señal. Lo hace para decirme que luego nos veremos en el plano astral y que seremos felices como nunca.
lunes, 28 de noviembre de 2011
Mesa #10. Lunes 08/04/2010 20:33
─¿Crees en las maldiciones?
─No.
─Pues yo sí; es más, mientras esperamos a que nos sirvan lo que nos hemos pedido te voy a contar una historia en la que yo, sin desearlo, formo parte de una. Verás, sé más o menos con certeza que mi familia esta maldita...
─Pero...
─No, no trates de interrumpirme, déjame que te cuente, así, de un tirón. A ver... Cómo empiezo... Ah sí, todo comenzó hace casi veinte años; mi madre se peleó con una de sus cuñadas. La mujer de mi tío era una persona de un carácter fuerte, soberbia, de temperamento tosco y fama de bruja que hacía que nadie o casi nadie le pudiera plantar cara. Pues bien, cuando murió mi abuelo, mi tía se emperró en quedarse con gran parte de los enseres de la casa. En su mayoría eran muebles antiguos, algunos de cierto valor económico. Mi madre se opuso radicalmente a ello. No porque le interesasen, sino porque dichos muebles eran un préstamo de una hermana de mi abuelo y mi madre, haciendo caso a las últimas voluntades del mismo, se emperró en que su primo, que era el legítimo propietario a dichos muebles, tuviera la potestad de elegir qué haría realmente con ellos. Por supuesto los muebles se los llevó. Es más, no veía por qué una pariente de la rama política los reclamaba como suyos.
─Eso también lo he pensado yo...
─Pues bien, como te imaginas, la pugna acabó en una gran discusión y la discusión en pelea. En un pis pas la familia, como si fuese un torreón acosado por un poderoso ejército, se vino abajo, en menos de lo que canta un gallo. Huy, mira ya han llegado los bocadillos.
─No importa, sigue contando...
─Bien, pasaron dos años en los que nadie se atrevía a dar el paso y volver a dirigirse la palabra. Bueno, más que atreverse, en mi opinión creo que no les daba la puta gana. Por otro lado había mucha manipulación, mucho veneno vertido por parte de la mujer de mi tío, odio e ira acumulada... mala combinación.
─Explosiva, diría yo.
─Todo el mundo, en el que incluyo, y el resto de primos y tíos, parecía ajeno a cualquier intento de apaciguar las aguas. Era como si les diese por lamerse las heridas. Pero aun así algunos miembros llegaron a crear extrañas alianzas entre ellos, potenciando las malas vibraciones. En cualquier caso, la peor parada fue mi madre. Ella se quedó sola. Incluso su primo, al que tanto había apoyado y defendido, también acabó por darle la espalda.
─Vaya...
─Mi madre siempre había sido una mujer muy valiente y aguantó carros y carretas, muy en especial en una etapa en la que lo pasamos muy mal en lo que respecta al tema económico. No sé, yo creo que ahí fue donde empezó todo. Me refiero a que aquél fue el primer paso para que se pusiera en camino la maldición que nos asoló después.
─¿Y por qué estás tan seguro de eso?
─Déjame que te lo cuente. Después de la pelea familiar todo nos empezó a ir mal. Mi padre tuvo una mala racha laboral y no fue echado de su trabajo, sino invitado a hacerlo. Al negarse fue puteado por sus compañeros en un clima enrarecido que se había creado dentro de la empresa. Todo el mundo estaba contra él. Lo humillaban y lo despreciaban, era como si fuese la diana en una competición de dardos salvaje y multitudinaria. Un año después mi padre, debido al estrés, sufrió un infarto. No fue en el corazón sino en los intestinos; trombosis mesentérica se llamaba su mal. Casi se nos muere; bueno, en realidad se murió, en dos ocasiones, sobre la mesa del quirófano mientras le operaban de extrema urgencia. Recuerdo muy bien ese día. Era uno de esos días a los que yo llamo lúcidos, de ésos que están marcados a fuego en el calendario de tu vida. Es ese tipo de día en el que te das cuenta de que tu vida se encuentra justo frente a un cruce de caminos y que no eres tú el que decide adónde vas, entre otras cosas porque ya no sabes adónde vas, aunque en el fondo te gustaría llegar sano y salvo a tu destino, sea cual sea.
─Creo que a mí eso me ha sucedido en un par de ocasiones.
─Ya, a todo el mundo le ha sucedido alguna vez. Por suerte este tipo de días no suelen abundar. Ojo, y de la misma forma que hay en negativo también los hay en positivo, díselo a los que les toca una quiniela millonaria... En todo caso, son días en los que no está de tus manos decidir qué haces y que por mucho que quieras no puedes controlar. Todo se supedita al destino. ¡Chas! Un error y en menos de un respiro tu vida deja de ser tal y como la habías conocido hasta entonces. Lo peor de los casos es que eres consciente de ello. Pues bien, a lo que iba, en aquella ocasión, no sé si debido a que la maldición estaba en su etapa más primigenia, tuvimos bastante suerte, bueno, si se puede llamar suerte. Mi padre salió victorioso, sí, pero todo a cambio de una penosa y dura etapa de recuperación. No sólo perdió su salud, también condicionó para siempre nuestro tipo de vida. A cambio, el destino, en un acto compensatorio, nos devolvió los malos momentos pagándonos con dinero. Ya sabes, mi padre consiguió una prejubilación, la empresa le pago aparte un seguro de vida y una indemnización correspondiente a la baja laboral; no decidió él dejar de trabajar, lo hizo la enfermedad. Bueno, más concretamente, la maldición. Curiosamente, gracias a ello, pasamos unos años en los que pudimos respirar tranquilos y vivir bastante holgados.
─Menos mal.
─Ya, pero aquella bonanza duró poco tiempo. Tres años más tarde un accidente inesperado casi acaba con la vida de mis padres, de mi hermana y la mía propia. Salimos ilesos. Pero poco nos faltó, por los pelos, para morir juntos. Ese día fue también crucial. Mi madre consiguió hacer las paces con su cuñada; o por lo menos limar asperezas. Pero nada se pudo hacer con la maldición: ya estaba echada. ¿Sabes?, en la mayoría de las ocasiones ésta adquiere vida propia y ya no se puede detener. Se puede esquivar, pero nunca conseguir huir de ella. Te persigue incansable.
─¡Madre mía!
─Como te puedes imaginar, aun después de haber regresado la paz a la familia la maldición también regresó, justo en el momento en que todo parecía perfecto y con muchísima intensidad. Lo hizo cuatro años más tarde. Su llegada fue como un poderoso tsunami y se llevó con ella la vida de mi madre y de propina nos dejó sin casa ─un rayo la quemó por completo─ y a mí sin trabajo; todo ello en menos de quince días.
─¡Vaya!
─He de decir que la muerte de mi madre fue tan inesperada que sorprendió a muchísima gente. Es lo que tienen los ictus, encima si estos vienen en el peor lado del cerebro y justo el mismo día en que en el hospital al que la llevan nada funciona tal como debería funcionar. He de reconocer que en esta ocasión la maldición entró en nuestras vidas como un ladrón en la noche.
─Ni que lo digas...
─Era todo muy extraño. Como si de repente el protagonista de una película, o de un libro, es eliminado justo en mitad de la historia. Aquello no cuadraba por ningún lado. Fue por aquel entonces cuando yo, buscando respuestas, comencé a atar cabos y me di cuenta de la posible existencia de algo inusual, de una sombra que no debía estar ahí pero que de vez en cuando la podías ver por el rabillo del ojo.
─¿Te refieres a la maldición?
─Sí, la maldición. He de reconocer que por un lado la muy jodida había vuelto a ganarnos la batalla pero, por otro lado, también había perdido la guerra. En esta ocasión había querido ser ambiciosa y por culpa de ello había perdido puntos en astucia. Su torpeza la había traicionado y sin querer había asomado la patita. Se había dado a conocer. Para tratar de hacer una maldad a lo grande creo que se se ha de tener algo más que fuerza o impulsividad.
─Vamos, la discreción no era lo suyo...
─¡Exacto!
─Perdona que te interrumpa, pero hablas de la maldición como si fuese una persona de carne y hueso. ¿No es mejor echarle la culpa a la supuesta persona que la puso en marcha? ¿O pedirle que hiciera algo para detenerla?
─Ya te he dicho que no se puede. Ya no tenía dueño. Era independiente. Se había creado con mucha ira y odio y esa fuerza tenía vida propia. Al final puedo asegurarte que había acabado adquiriendo una especie de aspecto, aunque fuese algo abstracto o intangible, pero no por ello sin dejar de tener incluso una personalidad propia, como la que puede tener una persona. Como tal, la maldición había adquirido virtudes y, por qué no, también sus defectos. En el caso de nuestra maldición, como ya te he dicho antes, era la prepotencia y la torpeza.
─No es que no te crea, pero sigo viendo todo como un compendio de casualidades. Lo veo mucho más factible que pensar en la influencia de lo esotérico.
─Déjame que continúe y verás como no es así.
─De acuerdo, adelante.
─Dos años después de la muerte de mi madre la maldición volvió a aparecer. Afectó a varios miembros de la familia, incluso a aquellos que habían formado parte de la extraña alianza. Había muertes inesperadas, casos de cáncer virulentos, infartos... Fue curioso, pero a la familia de ella, la mujer de mi tío, nunca les pasó nada. Todos ellos con una salud de hierro. En nuestro núcleo familiar la maldición le hizo una visita nada cordial a mi hermana. Vino a verla para traerle una terrible enfermedad neuronal, degenerativa y muy poco común en gente de su edad. Era tan virulenta que la fue mermando de forma rápida días tras día y para mayor colmo también afectó de pleno a su vida de pareja. Lo que en un principio fue no saber llevar una situación tan drástica como aquella al final se convirtió en una pesadilla llena de insultos, vejaciones, golpes y casi la muerte. Sí, la maldición había vuelto y de nuevo con fuerza. Lo digo porque de postre aún tuvo el capricho de propinarle el empujón definitivo a mi padre que le condujo derechito a la tumba.
─Es espeluznante lo que me cuentas. Entonces, ¿el próximo en caer vas a ser tú?
─Bueno, la maldición no me está castigando con una enfermedad, para mí ha guardado lo peor.
─¿Lo peor? No te entiendo...
─Su regalo ha sido darme el pleno conocimiento de su existencia y ser testigo de su poder de destrucción. Sin que pueda hacer nada por acallarlo. No te puedes imaginar cómo duele la impotencia.
─No.
─Pues yo sí; es más, mientras esperamos a que nos sirvan lo que nos hemos pedido te voy a contar una historia en la que yo, sin desearlo, formo parte de una. Verás, sé más o menos con certeza que mi familia esta maldita...
─Pero...
─No, no trates de interrumpirme, déjame que te cuente, así, de un tirón. A ver... Cómo empiezo... Ah sí, todo comenzó hace casi veinte años; mi madre se peleó con una de sus cuñadas. La mujer de mi tío era una persona de un carácter fuerte, soberbia, de temperamento tosco y fama de bruja que hacía que nadie o casi nadie le pudiera plantar cara. Pues bien, cuando murió mi abuelo, mi tía se emperró en quedarse con gran parte de los enseres de la casa. En su mayoría eran muebles antiguos, algunos de cierto valor económico. Mi madre se opuso radicalmente a ello. No porque le interesasen, sino porque dichos muebles eran un préstamo de una hermana de mi abuelo y mi madre, haciendo caso a las últimas voluntades del mismo, se emperró en que su primo, que era el legítimo propietario a dichos muebles, tuviera la potestad de elegir qué haría realmente con ellos. Por supuesto los muebles se los llevó. Es más, no veía por qué una pariente de la rama política los reclamaba como suyos.
─Eso también lo he pensado yo...
─Pues bien, como te imaginas, la pugna acabó en una gran discusión y la discusión en pelea. En un pis pas la familia, como si fuese un torreón acosado por un poderoso ejército, se vino abajo, en menos de lo que canta un gallo. Huy, mira ya han llegado los bocadillos.
─No importa, sigue contando...
─Bien, pasaron dos años en los que nadie se atrevía a dar el paso y volver a dirigirse la palabra. Bueno, más que atreverse, en mi opinión creo que no les daba la puta gana. Por otro lado había mucha manipulación, mucho veneno vertido por parte de la mujer de mi tío, odio e ira acumulada... mala combinación.
─Explosiva, diría yo.
─Todo el mundo, en el que incluyo, y el resto de primos y tíos, parecía ajeno a cualquier intento de apaciguar las aguas. Era como si les diese por lamerse las heridas. Pero aun así algunos miembros llegaron a crear extrañas alianzas entre ellos, potenciando las malas vibraciones. En cualquier caso, la peor parada fue mi madre. Ella se quedó sola. Incluso su primo, al que tanto había apoyado y defendido, también acabó por darle la espalda.
─Vaya...
─Mi madre siempre había sido una mujer muy valiente y aguantó carros y carretas, muy en especial en una etapa en la que lo pasamos muy mal en lo que respecta al tema económico. No sé, yo creo que ahí fue donde empezó todo. Me refiero a que aquél fue el primer paso para que se pusiera en camino la maldición que nos asoló después.
─¿Y por qué estás tan seguro de eso?
─Déjame que te lo cuente. Después de la pelea familiar todo nos empezó a ir mal. Mi padre tuvo una mala racha laboral y no fue echado de su trabajo, sino invitado a hacerlo. Al negarse fue puteado por sus compañeros en un clima enrarecido que se había creado dentro de la empresa. Todo el mundo estaba contra él. Lo humillaban y lo despreciaban, era como si fuese la diana en una competición de dardos salvaje y multitudinaria. Un año después mi padre, debido al estrés, sufrió un infarto. No fue en el corazón sino en los intestinos; trombosis mesentérica se llamaba su mal. Casi se nos muere; bueno, en realidad se murió, en dos ocasiones, sobre la mesa del quirófano mientras le operaban de extrema urgencia. Recuerdo muy bien ese día. Era uno de esos días a los que yo llamo lúcidos, de ésos que están marcados a fuego en el calendario de tu vida. Es ese tipo de día en el que te das cuenta de que tu vida se encuentra justo frente a un cruce de caminos y que no eres tú el que decide adónde vas, entre otras cosas porque ya no sabes adónde vas, aunque en el fondo te gustaría llegar sano y salvo a tu destino, sea cual sea.
─Creo que a mí eso me ha sucedido en un par de ocasiones.
─Ya, a todo el mundo le ha sucedido alguna vez. Por suerte este tipo de días no suelen abundar. Ojo, y de la misma forma que hay en negativo también los hay en positivo, díselo a los que les toca una quiniela millonaria... En todo caso, son días en los que no está de tus manos decidir qué haces y que por mucho que quieras no puedes controlar. Todo se supedita al destino. ¡Chas! Un error y en menos de un respiro tu vida deja de ser tal y como la habías conocido hasta entonces. Lo peor de los casos es que eres consciente de ello. Pues bien, a lo que iba, en aquella ocasión, no sé si debido a que la maldición estaba en su etapa más primigenia, tuvimos bastante suerte, bueno, si se puede llamar suerte. Mi padre salió victorioso, sí, pero todo a cambio de una penosa y dura etapa de recuperación. No sólo perdió su salud, también condicionó para siempre nuestro tipo de vida. A cambio, el destino, en un acto compensatorio, nos devolvió los malos momentos pagándonos con dinero. Ya sabes, mi padre consiguió una prejubilación, la empresa le pago aparte un seguro de vida y una indemnización correspondiente a la baja laboral; no decidió él dejar de trabajar, lo hizo la enfermedad. Bueno, más concretamente, la maldición. Curiosamente, gracias a ello, pasamos unos años en los que pudimos respirar tranquilos y vivir bastante holgados.
─Menos mal.
─Ya, pero aquella bonanza duró poco tiempo. Tres años más tarde un accidente inesperado casi acaba con la vida de mis padres, de mi hermana y la mía propia. Salimos ilesos. Pero poco nos faltó, por los pelos, para morir juntos. Ese día fue también crucial. Mi madre consiguió hacer las paces con su cuñada; o por lo menos limar asperezas. Pero nada se pudo hacer con la maldición: ya estaba echada. ¿Sabes?, en la mayoría de las ocasiones ésta adquiere vida propia y ya no se puede detener. Se puede esquivar, pero nunca conseguir huir de ella. Te persigue incansable.
─¡Madre mía!
─Como te puedes imaginar, aun después de haber regresado la paz a la familia la maldición también regresó, justo en el momento en que todo parecía perfecto y con muchísima intensidad. Lo hizo cuatro años más tarde. Su llegada fue como un poderoso tsunami y se llevó con ella la vida de mi madre y de propina nos dejó sin casa ─un rayo la quemó por completo─ y a mí sin trabajo; todo ello en menos de quince días.
─¡Vaya!
─He de decir que la muerte de mi madre fue tan inesperada que sorprendió a muchísima gente. Es lo que tienen los ictus, encima si estos vienen en el peor lado del cerebro y justo el mismo día en que en el hospital al que la llevan nada funciona tal como debería funcionar. He de reconocer que en esta ocasión la maldición entró en nuestras vidas como un ladrón en la noche.
─Ni que lo digas...
─Era todo muy extraño. Como si de repente el protagonista de una película, o de un libro, es eliminado justo en mitad de la historia. Aquello no cuadraba por ningún lado. Fue por aquel entonces cuando yo, buscando respuestas, comencé a atar cabos y me di cuenta de la posible existencia de algo inusual, de una sombra que no debía estar ahí pero que de vez en cuando la podías ver por el rabillo del ojo.
─¿Te refieres a la maldición?
─Sí, la maldición. He de reconocer que por un lado la muy jodida había vuelto a ganarnos la batalla pero, por otro lado, también había perdido la guerra. En esta ocasión había querido ser ambiciosa y por culpa de ello había perdido puntos en astucia. Su torpeza la había traicionado y sin querer había asomado la patita. Se había dado a conocer. Para tratar de hacer una maldad a lo grande creo que se se ha de tener algo más que fuerza o impulsividad.
─Vamos, la discreción no era lo suyo...
─¡Exacto!
─Perdona que te interrumpa, pero hablas de la maldición como si fuese una persona de carne y hueso. ¿No es mejor echarle la culpa a la supuesta persona que la puso en marcha? ¿O pedirle que hiciera algo para detenerla?
─Ya te he dicho que no se puede. Ya no tenía dueño. Era independiente. Se había creado con mucha ira y odio y esa fuerza tenía vida propia. Al final puedo asegurarte que había acabado adquiriendo una especie de aspecto, aunque fuese algo abstracto o intangible, pero no por ello sin dejar de tener incluso una personalidad propia, como la que puede tener una persona. Como tal, la maldición había adquirido virtudes y, por qué no, también sus defectos. En el caso de nuestra maldición, como ya te he dicho antes, era la prepotencia y la torpeza.
─No es que no te crea, pero sigo viendo todo como un compendio de casualidades. Lo veo mucho más factible que pensar en la influencia de lo esotérico.
─Déjame que continúe y verás como no es así.
─De acuerdo, adelante.
─Dos años después de la muerte de mi madre la maldición volvió a aparecer. Afectó a varios miembros de la familia, incluso a aquellos que habían formado parte de la extraña alianza. Había muertes inesperadas, casos de cáncer virulentos, infartos... Fue curioso, pero a la familia de ella, la mujer de mi tío, nunca les pasó nada. Todos ellos con una salud de hierro. En nuestro núcleo familiar la maldición le hizo una visita nada cordial a mi hermana. Vino a verla para traerle una terrible enfermedad neuronal, degenerativa y muy poco común en gente de su edad. Era tan virulenta que la fue mermando de forma rápida días tras día y para mayor colmo también afectó de pleno a su vida de pareja. Lo que en un principio fue no saber llevar una situación tan drástica como aquella al final se convirtió en una pesadilla llena de insultos, vejaciones, golpes y casi la muerte. Sí, la maldición había vuelto y de nuevo con fuerza. Lo digo porque de postre aún tuvo el capricho de propinarle el empujón definitivo a mi padre que le condujo derechito a la tumba.
─Es espeluznante lo que me cuentas. Entonces, ¿el próximo en caer vas a ser tú?
─Bueno, la maldición no me está castigando con una enfermedad, para mí ha guardado lo peor.
─¿Lo peor? No te entiendo...
─Su regalo ha sido darme el pleno conocimiento de su existencia y ser testigo de su poder de destrucción. Sin que pueda hacer nada por acallarlo. No te puedes imaginar cómo duele la impotencia.
martes, 1 de noviembre de 2011
Mesa #07. Viernes 20/06/1997 15:25
─¡Ay!
─¿Qué te ha sucedido?
─¡Algo me ha golpeado la cara!
─¡Pero si yo no he visto nada!
─Perdone, señora, pero he sido yo... Es que la estaba mirando fijamente desde mi mesa cuando, de repente, me ha sorprendido un poderoso eructo al que no he podido controlar y es el que, accidentalmente, ha acabado por estamparse contra su mejilla.
─¿Qué te ha sucedido?
─¡Algo me ha golpeado la cara!
─¡Pero si yo no he visto nada!
─Perdone, señora, pero he sido yo... Es que la estaba mirando fijamente desde mi mesa cuando, de repente, me ha sorprendido un poderoso eructo al que no he podido controlar y es el que, accidentalmente, ha acabado por estamparse contra su mejilla.
domingo, 16 de octubre de 2011
Mesa #07. Jueves 06/06/1963 16:21
─Aquí tiene su chocolate con churros.
─¡Pero si ya me los han traído!
─¿Quién? ¡Si hoy estoy yo solo!
─¿Usted solo? ¡Qué dice! ¡Si ha sido ese señor que está detrás de la barra!
─¡Pero si ya me los han traído!
─¿Quién? ¡Si hoy estoy yo solo!
─¿Usted solo? ¡Qué dice! ¡Si ha sido ese señor que está detrás de la barra!
martes, 4 de octubre de 2011
Mesa #10. Lunes 03/10/2011 11:45
─Gracias por haber venido, no sabía a quién acudir.
─¿Qué te sucede? Joder, llevas una mala cara...
─Me persiguen. Desde hace días.
─¿Te persiguen? ¿Quién? No entiendo.
─Los hombres huecos, están por todos lados y ahora, contándotelo, es posible que también te esté poniendo en peligro a ti.
─¿En peligro? ¿Estas de guasa?
─Ojalá. Oye, tienes que ayudarme, ayer convirtieron a mi novia en uno de ellos. Se había dado cuenta de la invasión pero no le dio tiempo a escapar.
─ ¿Invasión? No entiendo nada de lo que dices y me estas dando miedo.
─¡Los hombres huecos! Es una plaga. Están por toda la ciudad, por todo el país, por todo el planeta. Tienes que ayudarme.
─¿Hombres huecos? ¿Qué es eso de los hombres huecos?
─¡Están por doquier! Tienen apariencia humana como nosotros pero en realidad no son como nosotros. Por dentro están huecos, son como figuras de porcelana, aunque no es del todo cierto.
Dentro de ellos está lleno de oscuridad, algo maligno que les ha ido devorando borrando todo rastro de su anterior ser.
─Definitivamente te has vuelto loco.
─No pretendo que me creas. En realidad es mejor que sea así, de esta forma puede que incluso acabes salvando tu vida. La mía ya está condenada. Sólo quiero que me ayudes con dos cosas.
─Ayudar...
─Sí, sólo dos... En primer lugar, te he dejado en el maletero de mi coche un sobre donde lo explico todo, para que se lo entregues a las autoridades y puedan poner fin a todo esto antes de que sea demasiado tarde. En segundo lugar quiero que... que... quiero...
─¿Qué quieres? ¿Qué te pasa?
─ ¡Oh Dios! Seguro que hay uno de ellos cerca. ¡Sí, mira! ¡Es ése! El que está de pie estático, junto a la esquina de la calle, mirándonos fijamente. Lo vi también anoche antes de perderla... Ahora está borrándome los recuerdos como hizo con ella, como hacen a todos los que quieren convertir como ellos.
─Mira, yo sólo veo a un ejecutivo hablando por teléfono y no nos está mirando. Tío, me estas
poniendo de los nervios con este tema. Tranquilízate, tómate algo. ¿No ves que estás paranoico?
─¡Oye, no me hagas dudar de lo que he visto con mis propios ojos!
─¡Vale, vale, tranquilízate! Entonces trata de recordar que querías decirme. Vamos a ver... ¿En qué asunto quieres que te ayude?
─A huir, ahora lo recuerdo... pero muy vagamente. Espera. Menudos cabrones. ¡Querían que lo olvidase para así atraparme! ¡Así la atraparon a ella! Ahora lo entiendo. Debes ser muy hábil. Recuerda, lo último que debes olvidar, el recuerdo más valioso y que debes de mantener a salvo es huir de ellos. ¡Si no lo haces será demasiado tarde y te atraparán!
─¿Qué te sucede? Joder, llevas una mala cara...
─Me persiguen. Desde hace días.
─¿Te persiguen? ¿Quién? No entiendo.
─Los hombres huecos, están por todos lados y ahora, contándotelo, es posible que también te esté poniendo en peligro a ti.
─¿En peligro? ¿Estas de guasa?
─Ojalá. Oye, tienes que ayudarme, ayer convirtieron a mi novia en uno de ellos. Se había dado cuenta de la invasión pero no le dio tiempo a escapar.
─ ¿Invasión? No entiendo nada de lo que dices y me estas dando miedo.
─¡Los hombres huecos! Es una plaga. Están por toda la ciudad, por todo el país, por todo el planeta. Tienes que ayudarme.
─¿Hombres huecos? ¿Qué es eso de los hombres huecos?
─¡Están por doquier! Tienen apariencia humana como nosotros pero en realidad no son como nosotros. Por dentro están huecos, son como figuras de porcelana, aunque no es del todo cierto.
Dentro de ellos está lleno de oscuridad, algo maligno que les ha ido devorando borrando todo rastro de su anterior ser.
─Definitivamente te has vuelto loco.
─No pretendo que me creas. En realidad es mejor que sea así, de esta forma puede que incluso acabes salvando tu vida. La mía ya está condenada. Sólo quiero que me ayudes con dos cosas.
─Ayudar...
─Sí, sólo dos... En primer lugar, te he dejado en el maletero de mi coche un sobre donde lo explico todo, para que se lo entregues a las autoridades y puedan poner fin a todo esto antes de que sea demasiado tarde. En segundo lugar quiero que... que... quiero...
─¿Qué quieres? ¿Qué te pasa?
─ ¡Oh Dios! Seguro que hay uno de ellos cerca. ¡Sí, mira! ¡Es ése! El que está de pie estático, junto a la esquina de la calle, mirándonos fijamente. Lo vi también anoche antes de perderla... Ahora está borrándome los recuerdos como hizo con ella, como hacen a todos los que quieren convertir como ellos.
─Mira, yo sólo veo a un ejecutivo hablando por teléfono y no nos está mirando. Tío, me estas
poniendo de los nervios con este tema. Tranquilízate, tómate algo. ¿No ves que estás paranoico?
─¡Oye, no me hagas dudar de lo que he visto con mis propios ojos!
─¡Vale, vale, tranquilízate! Entonces trata de recordar que querías decirme. Vamos a ver... ¿En qué asunto quieres que te ayude?
─A huir, ahora lo recuerdo... pero muy vagamente. Espera. Menudos cabrones. ¡Querían que lo olvidase para así atraparme! ¡Así la atraparon a ella! Ahora lo entiendo. Debes ser muy hábil. Recuerda, lo último que debes olvidar, el recuerdo más valioso y que debes de mantener a salvo es huir de ellos. ¡Si no lo haces será demasiado tarde y te atraparán!
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