─Hay días en los que me gustaría no tener que salir de casa, no se si me comprendes... Te tienes que cruzar con las personas de todos los días, esas con las que te saludas en los pasillos del trabajo. Ellos se acostumbran a que tú seas el chico simpático que les saluda con una sonrisa, y si por casualidad un día te levantas con humor de perros... Sí, comprendo lo que me dices, pero soy así. A veces desearía tener un cartel, o una pantalla en la que dijera mi estado de ánimo sin tener que explicárselo a nadie. De ese modo nadie me saludaría si estoy cabreado, así se evitaría tener que recibir una mala cara por mi parte...
─¡Hola Carlos!
─Disculpa, ya ha llegado Maite. Tengo que colgar... ¿Que tal estás?
─No muy bien. Acabo de venir de ver a Cristina, no sé si te acuerdas de ella...
─¿Esa amiga tuya que su marido le pegaba?
─Esa misma. Al parecer hará un año escapó de casa con su hija.
─No jodas.
─Así es. Y al parecer el marido no sabe dónde puede estar. Lo que no sabía es que él estaba metido en una secta.
─Yo lo flipo. ¿Pero esa tía no le ha denunciado?
─Por fin se ha atrevido a hacerlo. Al parecer él sólo la llegó a golpear una vez, según cuenta ella. Eso fue lo que la convenció para huir de casa, pero legalmente siguen casados.
─Ella tiene todo de su parte para ganarle...
─Pero no todo es tan fácil, Carlos. Hay que estar en su piel. A veces, sería bueno saber qué sienten las personas de verdad...
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martes, 4 de octubre de 2011
Mesa #05. Domingo 23/04/2006 23:54
—¿Van a cerrar ya o me da tiempo a tomar la última? Pues un bourbon con hielo. Venga, siéntate. Vamos, no seas tonta, ¿no ves que el camarero nos ha dicho que sí?
—No quiero tomar nada.
—Bueno, pues te sientas y miras cómo bebo.
—No quiero mirarte.
—Pues te sientas y miras al techo, pero siéntate, hombre, que me estás ya poniendo de mala leche. ¡Y no te gires tanto que parece que estás en la mesa de al lado!
—Bueno, bueno, sin gritar. Im-bé-cil.
—¿Ya empezamos? Eres imposible, yo creo que te gusta.
—Sí, eso es, me gusta que me partas la cara, hijoputa.
—Mira, niña, ten cuidadito que...
—¿Que qué? ¿Me vas a pegar aquí delante de todo el mundo? Venga, vamos, pégame, no creo que tengas tantos huevos, cobarde.
—Camarero, déjelo, no ponga ese bourbon que nos vamos. ¡Levanta!
—No.
—¡Levanta he dicho! Mira que me estás cabreando mucho, ¿eh?
—Oiga, deje en paz a la chica. ¿No ve que no quiere ir con usted?
—¿Y yo a usted le he preguntado algo para que se meta donde no lo llaman?
—Le estoy diciendo que deje a la chica en paz. Si quiere se lo explicamos a la policía y verá si me llaman o no me llaman...
—Por mí le explica usted lo que quiera a quien quiera. Nosotros nos vamos. ¡Venga, niña! ¿Lo ve? Sí quiere venir conmigo. Se meten ustedes en medio de donde no les importa. Déjeme pasar.
—Sí, déjenos pasar que nos vamos. No me está haciendo nada malo, así que déjenos en paz. Permiso.
—Vaya, ahora resulta que ella está de acuerdo. Son ustedes increíbles. Mírala, allá que va con su maltratador. Si es que ellas se lo buscan, a mí que no me digan que no. ¡Corre, corre, llévatelo a lo oscuro a que te caliente bien! Gilipollas...
lunes, 3 de octubre de 2011
Mesa #04. Miércoles 03/03/2005 16:21
—Ya no sé qué voy a tener que hacer. No puedo aguantarlo más.
—Cristina, ya te lo hemos dicho muchas veces. El día que quieras nos llamas y nos presentamos Juan y yo en tu casa.
—¿Y tú te crees que voy a conseguir algo así? Tengo una hija de dos años, y no tengo trabajo.
—¿Y qué vas a conseguir viviendo ahí? ¿Dinero? Primero se empieza por las palabras y los insultos, pero luego viene lo peor.
—Pedro nunca sería capaz de hacer algo así.
—¿Sabes qué? Cuando le conocimos, nosotros pensamos que por fin habías encontrado a un hombre que merecía la pena, pero fíjate ahora. Han pasado cuatro años y todo ha cambiado... Nunca sabes cómo va a ser la gente en un futuro, pero cuando ya ves cómo son en realidad, debes irte. Tengas o no hijos con esa persona.
—Es muy fácil decirlo, pero es muy complicado.
—Cristina, eres mi hermana, y no quiero que pases por lo que pasó mamá con el cabrón de nuestro padre. Nos merecemos una vida mejor, y mamá, que en paz descanse, seguramente desee lo mejor para ti y tu hija.
—Dame tiempo para pensarlo...
—El que tú quieras, pero que no sea demasiado tarde.
—Cristina, ya te lo hemos dicho muchas veces. El día que quieras nos llamas y nos presentamos Juan y yo en tu casa.
—¿Y tú te crees que voy a conseguir algo así? Tengo una hija de dos años, y no tengo trabajo.
—¿Y qué vas a conseguir viviendo ahí? ¿Dinero? Primero se empieza por las palabras y los insultos, pero luego viene lo peor.
—Pedro nunca sería capaz de hacer algo así.
—¿Sabes qué? Cuando le conocimos, nosotros pensamos que por fin habías encontrado a un hombre que merecía la pena, pero fíjate ahora. Han pasado cuatro años y todo ha cambiado... Nunca sabes cómo va a ser la gente en un futuro, pero cuando ya ves cómo son en realidad, debes irte. Tengas o no hijos con esa persona.
—Es muy fácil decirlo, pero es muy complicado.
—Cristina, eres mi hermana, y no quiero que pases por lo que pasó mamá con el cabrón de nuestro padre. Nos merecemos una vida mejor, y mamá, que en paz descanse, seguramente desee lo mejor para ti y tu hija.
—Dame tiempo para pensarlo...
—El que tú quieras, pero que no sea demasiado tarde.
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